Hace unos días tuve que ir a una clínica de seguridad social. Mientras esperaba, empecé a escuchar las conversaciones a mi alrededor. Personas que no se conocían hablaban de salud mental y se ayudaban unas a otras. Y volví a notar algo que ya había escuchado muchas veces, en diferentes lugares y momentos de mi vida. Hay un profundo interés por estar mejor, por entenderse y, sobre todo, por encontrarle un sentido a lo que nos pasa en la vida.
No obstante, casi siempre aparece un "pero" para poder atenderlo, pues la terapia cuesta, los espacios son pocos o están retirados, los horarios no alcanzan o la espera por recibir atención en los centros asistenciales puede ser larga, entre tantas situaciones más. Simplemente, cuidar la salud mental se ha convertido en un privilegio.
Algo que debería estar al alcance de todos termina siendo para unos cuantos, y el impacto y las consecuencias los pagamos a nivel individual, familiar y social.
Sin embargo, en esa sala de espera estaba pasando algo más importante. Por lo que alcanzaba a escuchar, nadie pretendía resolverlo todo. Se daban ayuda y consuelo, y de paso una que otra pista para encontrarle sentido a lo que estaban viviendo. No sé si eran especialistas en estos temas, pero aportaban desde lo que sabían. Estaban haciendo, en una sala de espera, algo que solemos pensar que solo le corresponde a un profesional. Y me pregunté:
¿En qué momento comenzamos a tratar la salud mental y el sentido de la vida como un asunto exclusivo del consultorio, o incluso de los centros especializados?
Esa pregunta me confrontó como profesional de la salud mental y, sobre todo, como logoterapeuta, porque la logoterapia es la postura de vida y el camino profesional que elegí. Tengo claro que la atención psicológica especializada es necesaria e irremplazable cuando la situación lo amerita. Pero reflexionar sobre el sentido es algo natural y propio de nuestra condición humana.
Joseph Fabry, discípulo de Viktor Frankl, lo explica con mucha claridad al mencionar que el sentido de la vida no se lo pueden dar a uno ni la sociedad ni los padres, y "tampoco puede ser prescrito por el psicólogo como si fuera una píldora"¹. Cada persona lo descubre en su propia vida.
Por eso la logoterapia tiene algo que aportar más allá de la consulta privada. Su manera de comprender el sentido también puede orientar nuestra forma de vivir, y eso cobra un valor especial cuando descubrimos que tiene lugar en una tarde en familia, al estar con nuestros amigos, en una conversación casual, en una sala de espera o en aquellos momentos que simplemente no podemos elegir.
De ahí nace este blog. De un llamado a compartir cómo, desde mi propia existencia, voy descubriendo el sentido en mi vida, y cómo eso ha cuidado mi salud mental y me ha permitido acompañar a muchas personas a lo largo de los años.
Quiero documentar cómo se ve la logoterapia en la vida diaria, en escenas pequeñas que cualquiera puede reconocer. No para enseñar una teoría ni para dar recetas, porque cada quien descubre sus propios llamados para construir una existencia con sentido. Más bien, quiero mostrar que la vida nos pregunta en todos lados y que cada persona tiene la libertad y la responsabilidad de responder desde su unicidad.
Sé que no tengo la capacidad de resolver todas esas barreras que he visto en la salud mental, pero sí puedo compartir las notas que escribo en mi celular y esas ideas que me llegan de repente, para aportar mi granito de arena al cuidado de la salud mental.
No sé a quién le llegará cada historia de este recorrido, pero tengo la certeza de que alguien puede beneficiarse de ellas y, sobre todo, recordar que su vida está llena de momentos que, más allá de sus características, le ofrecen una posibilidad única de encontrar sentido.
Nadie debería tener que esperar su turno para descubrirlo.
Notas
¹ Fabry, J. (2014). Señales del camino hacia el sentido (pp. 14–15). Ediciones LAG.